En Cancún e Isla Mujeres el agua no llega, pero las culpas sí. La concesionaria Aguakan salió a deslindarse públicamente de los cortes y la baja presión que desde hace días afectan a miles de familias. El argumento es claro: la culpa no es de la empresa, sino de las fallas eléctricas de la Comisión Federal de Electricidad.
La narrativa es conveniente. Según la concesionaria, cada bomba, cada cárcamo y cada planta potabilizadora depende de la energía eléctrica. Si no hay luz, no hay agua. Y si el voltaje cae o se interrumpe el suministro, los sistemas hidráulicos simplemente se detienen. Hasta ahí, la explicación técnica parece lógica.
El problema no es la dependencia eléctrica. El problema es que en una ciudad como Cancún —motor turístico del país— y en Isla Mujeres —polo estratégico del Caribe mexicano— los servicios esenciales siguen operando como si cualquier falla fuera inevitable y nadie tuviera que rendir cuentas.
Aguakan sostiene que las afectaciones no son atribuibles a su operación. Que son factores externos. Que la CFE no ha informado con claridad sobre las causas de los apagones ni sobre la duración de los trabajos. Que ellos solo reaccionan ante un problema ajeno.
Pero la ciudadanía no recibe “argumentos técnicos”. Recibe agua a medias. O no la recibe.
Las interrupciones eléctricas han sido constantes durante varios días en distintas colonias. El resultado es una cadena de efectos cotidianos: tinacos vacíos, bombas domésticas trabajando en seco, compras imprevistas de garrafones, contratación de pipas y almacenamiento improvisado. El costo lo absorbe el usuario.
Mientras tanto, se instala un juego de señalamientos cruzados. La CFE guarda silencio. Aguakan publica comunicados. Y entre ambas, el servicio público queda atrapado en una zona gris donde nadie asume la responsabilidad completa de garantizar continuidad.
Porque si la infraestructura hidráulica depende al cien por ciento de la energía eléctrica, la pregunta inevitable es: ¿qué planes de contingencia existen? ¿Hay plantas de respaldo suficientes? ¿Sistemas alternos? ¿Protocolos preventivos ante variaciones de voltaje?
Si cada falla eléctrica paraliza el suministro de agua, el problema no es solo eléctrico. Es estructural.
Aguakan pide a la ciudadanía “analizar el origen real de las afectaciones”. La ciudadanía pide agua.
En medio de este escenario, el silencio institucional pesa más que los comunicados. No hay conferencias conjuntas, no hay informes técnicos detallados, no hay calendarios públicos de mantenimiento eléctrico que permitan anticipar cortes. Solo explicaciones fragmentadas y responsabilidades compartidas que terminan diluyéndose.
Lo cierto es que el agua es un servicio esencial. No admite pretextos prolongados ni deslindes administrativos. Cuando el suministro falla, falla el sistema completo.
En Cancún e Isla Mujeres la presión no solo baja en las tuberías. También baja la confianza.
Y mientras las dependencias intercambian explicaciones técnicas, la vida cotidiana se reorganiza alrededor de la incertidumbre: ¿habrá agua mañana o dependerá otra vez de la luz?
Porque al final, en esta ecuación, los únicos que no pueden suspender su rutina son los ciudadanos.


